Ser moderno es muy antiguo

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La primera vez que se pronunció, allá por el siglo V en la Roma de los emperadores Honorio y Arcadio (que se repartieron el imperio en dos mitades), la palabra sonaba muy parecida a como lo hace en nuestros días: modernus. Y se refería a algo reciente, actual; lo que a su vez procedía de la raíz modo, que venía a significar algo así como «hace un momento». Como es obvio, algo no puede ser actual durante más de 1.600 años. Sólo lo antiguo prevalece.

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De igual forma que en el principio de incertidumbre de Heisenberg nada puede ser observado sin ser alterado, el adjetivo moderno es una pegatina que se desprende con las primeras lluvias. En cambio, la palabra antiguo conserva toda su dignidad intacta. Si usted dice que es una persona antigua, será tratada con respeto. Pero si presume de moderna, causará risa y lo que es peor, cierta compasión.

Nada hay tan moderno como lo antiguo. Y viceversa. Repasando el futuro que imaginaron los cineastas del siglo XX vemos que está casi todo pasado de moda. Como esos peinados de las azafatas en 2001 una odisea del espacio de Kubrick. O el diseño de los uniformes de sus astronautas, o las formas curvas del mobiliario que decora esa estación que gira sobre sí misma al ritmo terciario de El Danubio azul. Muy semejante a los muebles del Moloko Bar de La naranja mecánica. La curva era moderna en los años setenta, como antes lo fue la arista y como después (ahora) lo vuelve a ser la curva de los edificios de Zaha Hadid.

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Para muchos, el Modernismo fue una ocurrencia literaria abanderada por Rubén Darío, poeta caído en el olvido a quien ya sólo recitan algunos profesores de literatura a sus amodorrados alumnos. Pero fue la Iglesia católica la que acuñó el término para referirse a las corrientes reformadoras que se agitaban en su seno.

La palabra moderno tiene una sonoridad parecida en casi cualquier idioma: español, inglés, francés, italiano, checo, alemán, noruego, euskera, turco… ¡Incluso en japonés (モダン) suena muy similar!

Pero vayamos a lo importante. ¿Y usted? ¿Es una persona moderna y está pendiente de los influencers? ¿O prefiere leer el Boletín Oficial del Estado?

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En Nueva York, el MOMA (Museum Of Modern Art) no siempre expone piezas merecedoras de ese calificativo. Incluso El Prado se enfrenta a la cuestión de qué es moderno y qué es clásico, pero sobre todo al dilema de qué es arte contemporáneo. La palabra contemporáneo sufre aún más las inclemencias de lo efímero, puesto que se vincula a la época en que se pronuncie, y todo tiempo tiene un inicio y un fin que sólo se aprecian cuando han transcurrido otras épocas.

Lo moderno es aquello que no tiene ninguna posibilidad de sobrevivirnos, y lo antiguo es precisamente todo lo que nos ha sobrevivido y por esa razón tenemos noticia de ello.

Así pues se lo vuelvo a preguntar: ¿es usted una persona moderna? Si la respuesta es afirmativa, ándese con ojo, porque sus días están contados.

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